sábado, 14 de diciembre de 2019

CUENTO DE NAVIDAD... DE AURELIA GARCÍA...

                                            La verdadera historia de Papa Noel
                                                        guiainfantil.com
CUENTO DE NAVIDAD:
La llave perdida.

Santa Claus se mostraba muy animado todas    
                                       
las noches. Le fascinaba mirar cómo las diminutas
criaturas llamadas Sparks, (chispas) jugaban
revoloteando en el cielo, escapadas de las auroras
boreales. Estas minúsculas hadas, con las mismas
propiedades de las luciérnagas y del tamaño de ellas,
llenaban la noche de risas y juegos, mientras revoloteaban
revoltosas.

Santa Claus estaba este año un tanto despistado, y es que el pobre cumplía uno más de
los muchos años que tenía ¡Nadie sabía cuántos eran! Por supuesto, él lo había olvidado.
Vivía en el Polo Norte donde hacía tanto, tanto frío, que hasta las ideas se congelaban. Sé
estaba volviendo muy olvidadizo y se distraía con nada. Sí no hubiese sido por las auroras,
(esas especie de nubes de colores, sobre todo verdes y amarillas), no se hubiera percatado
de que se acercaba la Navidad y que la entrega de juguetes se había de llevar a cabo muy
pronto.
Los duendecillos que moraban allí, estaban muy ocupados. Se movían de aquí para allá,
sin perder ni un momento. ¿Os preguntareis, en qué estaban tan ocupados?... ¿En cortar
trocitos de hielo para los refrescos? ¡No, por supuesto que no! Fabricaban los juguetes que
llevados por Santa Claus, iban a cubrir los deseos tan largamente esperados de los niños.
¿A que no os lo esperabais?... ¿Qué pensabais que los juguetes se hacen solos? Santa
Claus necesita una legión de estos duendes divertidos y traviesos, pero muy trabajadores y
activos. Conforme se van construyendo los juguetes, se depositan en un almacén enorme
para preservarlos del frío y la nieve.
El encargado del almacén, un duende llamado Ramplan, es el que vigila que los duendes
no se desmadren, pues al ser tan traviesos y a veces unos trastos, podían romperlos en un
plisplás.
Ramplan, se ocupaba de guardar la llave del almacén y en cuanto se le presentaba la
ocasión se la entregaba a Santa. Lo buscó y cosa extraña, no dio con él. Así que aplazó la
entrega para el día siguiente. ¡Sé moría de sueño! Solo pensaba en cobijarse en su tienda y
acurrucarse dentro del saco de dormir.
Comenzaba a vencerle el sueño cuando oyó unos ruidos afuera...
— ¡Huy!... ¡Hay!... ¡Crash!... ¡Puaf que asco! —Sé oyó decir.
Ramplan asomó la cabeza y viendo a Trastolilla embadurnada hasta las cejas, comenzó
a reír apretándose la barriga con las manos, como hacen los duendes

— ¡Jajaja! Trastolilla, —le dijo sin parar de reír—
Te has caído en el lugar donde han estado los
renos parte del día tomando el sol. ¡Jajaja!
— ¡Qué gracia! —Dijo ella ofendida— Que sepas

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que un caballero vendría a ayudarme a salir de
este sitio repugnante.
Trastolilla, se limpiaba la cara con el dorso de la
única mano que se había salvado. Se miraba la

ropa con un asco que no podía evitar, al comprobar que lo que parecía barro era en realidad
caca de reno. Ramplan de buena fe y menos picardía, se acercó a ayudarla. Le tendió la
mano y cuando Trastolilla la tenía bien agarrada tiró de él con fuerza y... ¡Zas!
— ¡No! ¡Trastolilla nooo! —Grito él, pero ya era tarde—. Cayeron los dos en la charca que
formaba la caca de los renos, mezclada con el agua de la nieve.
— ¡Puaf que asco!... Esta me la pagarás no te quepa duda.
— ¡Jajaja! —Ella no paraba de reír.
No les quedó otra que cubrirse con pieles y frotar la ropa en la nieve, hasta que perdió el
olor y quedó más o menos limpia. Después aún les quedó ganas de jugar y tirarse bolas de
nieve y reír sujetando sus panzas con las manos mientras tiraban el cuerpo hacia atrás.
A lo lejos, se oía el ulular del lobo.
— ¡Auuuu! —Un descanso y el animal volvía a Ulular— ¡Auuuu!
—Es tarde, —dijo Ramplan— Santa Claus ya debería de
estar aquí.
— ¿Dónde ha ido? Preguntó Trastolilla.
—A hacer ejercicio con los renos. La Navidad se acerca y
Rudolph necesita cargar su nariz con las partículas de las
auroras.
— ¿Te refieres a esas luces tan bonitas que se ven en el
cielo?
—Sí a esas. Son auroras boreales y se forman con las
partículas que se escapan del sol.
—Pues a mí me preocupa que Santa siga a estas horas volando con el trineo por el cielo.
Le veo últimamente un tanto despistado.
— ¡Bah! las chicas veis peligro en todo. No le pasará nada. Rudolph hace de guía con la
nariz luminosa y además Santa va bien abrigado.
—No sé, preferiría que ya estuviese aquí.
Aún no habían terminado de pronunciar las palabras, cuando a sus espaldas, se oyó un
chasquido y un golpe.
— ¡Cronh!... ¡Zas! —Santa Claus aterrizaba con el trineo en el hielo.
— ¡Jojojooo! Mirad que noche maravillosa. Es perfecta para desengrasar el trineo y
desentumecer a los renos. No creáis que me olvido de que pronto será Navidad.
¡Ummm!   

Ya sé que cuando no estoy                          

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murmuráis a mis espaldas, diciendo que
estoy algo despistado.
—Precisamente en estos momentos, me
comentaba Trastolilla... —Ramplan se cayó al
sentir el pie de ella dándole una patada en
el tobillo.
—Decías algo Ramplan —Preguntó Santa sin mucho interés.
—No Santa. No es nada —dijo Trastolilla apurada— Ramplan que alucina.
— ¡Haaaa! —Dijo bostezando y estirando los brazos Santa Claus—. Me voy a dormir. Dame
la llave Ramplan.— ¿Que llave? —dijo él disimulando nervioso.
La llave, La llave del almacén de los juguetes. ¿Cuál iba a
ser?
— ¡Pero si acabo de dársela!
Trastolilla iba a abrir la boca, pero esta vez, fue ella la que recibió
el toque en la espinilla.
—Mire bien —dijo ante el asombro de su amiga y la
preocupación de Santa— Seguro que se le ha extraviado en
uno de los bolsillos... Sí se le ha caído, yo mismo la buscaré
mañana que habrá algo más de luz.
Trastolilla no salía de su asombro. Estaba segura de que
Ramplan no le había dado la llave a Santa Claus. De ser así,
ella lo hubiera visto. Miraba a su amigo con cara de no creer lo que estaba viendo. ¿Por
qué le mentía?
Santa Claus se retiró preocupado sin parar de hurgar entre sus recios ropajes. Palpando
con las manos.

Al desaparecer Santa en su tienda-
se volvió hacía Ramplan regañándole:

— ¿Acaso te has vuelto loco? ¿Qué pretendes? ¿Cómo le haces esto al pobre Santa?
— ¿Y qué quieres que haga? No he tenido más remedio.
— ¿Cómo que no has tenido más remedio? —gritó ella sin entenderlo.
— ¿Qué quieres? ¿Qué le diga que la llave, puede estar en ese montón de estiércol?
Trastolilla abrió la boca tapándosela con la mano.

— ¿Y qué hacemos ahora?                                     

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— ¿Qué vamos a hacer? Pues remangarnos y
buscarla.
Trastolilla, mirando con asco el barrizal apuntó:
—Bueno sí, mañana tendremos más luz. —Dijo
con timidez.
—No podemos esperar a mañana. Lo siento. Ha
de ser ahora mismo.
— ¿Ahora mismo? —Trastolilla abrió los ojos
como platos— ¡Pero si apenas te veo la cara!
¿Cómo vamos a encontrar nada en este
fanguizal que
se ha formado con la nieve derretida?

Ramplan la miró fijamente, a ver si caía.
— ¡Ha claro! —Dijo ella al darse cuenta— Sin llave no hay
taller, ni herramientas, ni juguetes —Se llevó la mano a la
frente—. ¡Qué desastre!
— ¿Lo entiendes ahora? habré arruinado la Navidad si no

encontramos la llave.
—La habremos arruinado entre los dos, Ramplan. —Trastolilla estaba a punto de llorar.

—No nos demos por vencidos aún. Pediremos ayuda a Rudolph. Él puede iluminarnos con
su nariz. Y también a los duendecillos azules para que nos ayuden a buscarla. Con
ellos bastará. No hay porqué alertar a todos, demasiado ruido. Por suerte Santa Claus, tiene
un sueño profundo.
Rudolph dio su opinión, como conocedor de sus propias
limitaciones, tras echar un vistazo a la zona.
—No será suficiente con la luz de mi nariz, la zona es bastante
amplia.
—Pero tú, —dijo Ramplan— haces de guía en las entregas a
los niños. Alumbrando el camino que ha de seguir el trineo.

—No es lo mismo. Hay mucho de olfato en el recorrido. Y de vista y de costumbre año tras
año.
—Entonces...—dijo Ramplan preocupado— ¿Qué podemos hacer?
Rudolph se llevo la pata a los labios y sonrió:
— ¡Ya sé que podemos hacer! Hablaré con las Sparks. Conocí a Lucila mientras esperaba
a cargar la nariz de energía. Estará encantada de ayudarnos. Lucila es la princesa de esas
pequeñas hadas luminosas: (Las chispas). ¡Esperad ahora vuelvo!
Rudolph desapareció lejos de la mirada de sus amigos. Al volver, un centenar de Sparks
le acompañaban, las chispas de luz se movían a pocos metros de su cabeza. Girando en
forma circular como una lupa que dirigía la luz hacia el suelo.
Listo. ¿Qué os parece?
— ¡Fenomenal! —Trastolilla y Ramplan saltaban de alegría.
Lucila se separó del grupo para saludar a sus nuevos amigos.

—Estamos encantadas de poder ayudaros. ¿Verdad
chicas?—Sé dirigió al resto de las Sparks.
— ¡Síííí! —Contestaron todas.
—Y nosotros agradecidos. —añadió Trastolilla.
Los duendes azules se veían muy graciosos con
los agujeros de la nariz tapados con algodones que
habían tomado de las nubes. Un buen intento para
que el olor no fuese tan insoportable. Al principio,
Trastolilla y Ramplan se rieron de ellos, pero después los imitaron pensando, que era una
buena idea taparse la nariz. Rudolph al estar entre lo que era normal para él, el olor de las
cacas, no dejaba de pensar, que no era para tanto...
Aquella noche fue ajetreada. Unos duendes remangados hasta los codos y con botas de
agua. Otros, introducían imanes en aquella
mezcla que se había formado, pegajosa y
resbalosa. Los más escrupulosos, salían a    

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veces corriendo a tomar aire puro.

Ante aquel despliegue de actividad, apareció la llave antes de la media noche. Los
duendes danzaban, vitoreaban al grito: ¡Somos los mejores! Solo alguien con un sueño tan
profundo como el que tenía Santa Claus, no se despertaría ante tamaño alboroto.

Ramplan y Trastolilla se cogieron de las manos dando vueltas y muestras de alegría. Al
final, incapaces de resistir tanta emoción se abrazaron.
— ¡Hemos salvado la Navidad Trastolilla! Gritó Ramplan más que contento.
— ¡Síííí!, y esto lo vamos a recordar por mucho
tiempo. —añadió Trastolilla. —Sí, sobre todo, cada
vez que pisemos el excremento de reno. —Rió él—
¡Jajaja!
— ¡Jajaja! —rió ella acompañándolo divertida.

Santa Claus que no se había enterado de nada, viajaba con
una sonrisa de satisfacción. ¡Por fin había llegado el día de
llevarles los juguetes a sus queridos niños! Animó a los
renos para que fueran deprisa. Su risa jocosa se dejaba oír
como un eco por todas partes, mientras volaba por el cielo,
desplazándose con el trineo, tirado por sus fieles renos y
guiados por Rudolph.

— ¡Jojojoo! ¡Allá voy niños!... ¡Feliz Navidad! ¡jojojoo!


                                                  decoraideas.con   

Auri García

1 comentario:

Anónimo dijo...

Interesante y original cuento de Navidad. Nos enseña a repudiar el ego, enemigo de los seres humanos.
FELICES FIESTAS Y PROSPERO AÑO NUEVO.