Llueve. Ínfimas gotas se unen y se deslizan
por la superficie fría de los cristales.
Fuera los árboles, sin pronunciarse,
asumen las hojas mojadas.
El sauce se ha rendido a la inclemencia,
sus brazos cuelgan, ya abatidos,
vencidos por el agua y su insistencia.
Las colinas, gigantes fantasmales,
convierten las nubes en retazos de lino
que el viento troca, en jirones de hilo.
El invierno se ha presentado sin avisar.
Se destapa con furia, en estación temprana,
vareando las últimas hojas caducas,
que aún penden rebeldes de las ramas.
El viento silba enviando su mensaje y,
el viejo roble le contesta, agitando su ramaje.
Entre cañas zigzaguea el aire en libertad plena
y los sonidos, son vibratos,
que se escapan de la quena.
Un manto deslumbrante desplegado,
sobre casas y campos se ha cernido
y en las orillas del serpenteante río,
como copos de avena han colapsado.
Entre tanta nieve caída y contenida,
se vislumbra imperturbable, la vida;
en el quimérico hayedo entre neblina,
en las pisadas haciendo camino,
en las huellas del zorro y del armiño.
En las figuras que describen el humo
de los lares, donde crepitan los leños
en un pacto con las efímeras llamas.
En el olor a café, en la compañía deseada
para enjuagar los miedos y templar,
el cuerpo y el alma.
Auri

2 comentarios:
Este lugar que nos describe Auri, ahora, sería el lugar donde quisiéramos encontrarnos. Tras los cristales, guardados de todo peligro y resguardados del enemigo invisible, con una taza de café, esperando que todo pase.
Precioso poema Auri.
Gracias María. Siempre estás ahí para ensalzar un poema
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