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Se despertó entre un bullicio atronador, era un niño hermoso y aclamado por
todos. El cava se había agotado despidiendo al anciano que ya se perdía entre
las nubes con el deber cumplido. Los comensales lucían sus mejores galas,
porque el acontecimiento lo requería. Estaban alegres; la despedida de aquel
anciano, siempre les sugería abrir una botella del mejor cava. Alegres habían
llegado al filo de la medianoche. Doce, eran las uvas que por tradición debían
comer, acompañando cada una de las campanadas. Si había algún contratiempo, se
guardaba en uno de esos baúles que luego podían olvidarse. Así era la mejor
forma de recibir al joven que acababa de nacer.
Pasó algo de frío, ya que era el primer día de enero, pero él se sentía
robusto, fuerte y decidido a dejar atrás el invierno y llamar a la primavera,
esa explosión de colores y aromas.
Pero un día se despertó y notó algo extraño. Con la euforia de la juventud,
más la falta de experiencia, no se había enterado de nada, pero ahí, delante de
sus narices, él, que era el guardián de los 365 días, no había impedido a
tiempo, que unos bichitos malvados se abrieran paso entre la gente,
acosándolos, enfermándolos. Estaba consternado, dolorido. Era joven, pero una
sensación le hacía sentirse un anciano. Miraba a su alrededor y veía como la
gente enfermaba, otros morían y el sufrimiento se reflejaba en las nubes. La
locura se instalaba en todas partes, el miedo reptaba de una persona a otra. Se
taparon las caras para que ese bichito malvado no les reconociera. Con las
caras tapadas, muchos ni se conocían y otros dejaron de saludarse. El color del
mundo cambió. Sin embargo, en algunos campos el verde se hizo más intenso y el
aire se limpió. Se detuvo a pensar, era un galimatías que no acababa de entender.
¿Cómo se había colado ese bicho indecente?
Pasaba los días dándole vueltas a la cabeza sin encontrar la solución. Se
sentía responsable de todas aquellas desgracias, de ver las personas desfilando
hacia la puerta de San Pedro, que no sabía qué pensar. Así pasó la primavera,
las gentes confinadas en casa, apenas salían para alguna cosa que fuera
imprescindible. Llegó el verano y empezaron a salir un poco más a la calle,
fueron a la playa, a la montaña, y casi sin darse cuenta el mal bicho se iba
pasando de unos a otros, entonces llegó la segunda ola. Él se sentía morir...,
luego llegó el otoño y casi sin darnos cuenta nos saludó el invierno.
Los hombres de ciencia buscaban desesperadamente una solución, intentaban
convencer a toda la población que había que mantener las distancias. Los
políticos, se tiraban los platos a la cabeza. Se sentía muy triste. Cuando
escuchaba decir palabras acusadoras, experimentaba una pena muy profunda.
Una noche, en sueños, creyó ver una posible solución. Se levantó temprano,
subió arriba de una montaña para pensar. Luego bajó decidido, empezó a buscar a
todos los bichitos malvados que pudo encontrar, les habló, les dijo que debían
seguirle, tenían que comunicar a todos los que eran como ellos y enseñarles el
camino. Pasó horas hablándoles, hasta que llegó la hora de despedirse. Se
sentía muy viejo, tal vez de tanto sufrir.
Cuando terminó la campanada número doce, se alejó llevando tras de sí aquel
enjambre de seres más que diminutos. Igual que El Flautista de Hameli, los
llevó hasta un precipicio tan alto, que cuando cayeron, nunca más volvieron a
molestar a aquellas gentes que querían vivir en paz.
Y arriba de las nubes, 2020 sonrió al ver que todos destapaban sus caras, se
saludaban y olvidaban un mal sueño. Pero ese año, quedó registrado para la
historia. Aunque nadie anotó, quien había sido aquel que liberó a los hombres
de una plaga tan terrible.
María

2 comentarios:
Esta es la crónica más humanizada de lo que se ha vivido este año que hemos dejado. Pero no dejar de soñar, aunque sea por unos momentos, nos hace felices. La imagen del flautista de Hamelin llevándose eso virus aunque fuera en forma de vacuna sería una bella esperanza que tú has sabido reflejar muy bien.
Es que cargar con un año, que nació como todos los bebes, con la mejor intención, tampoco creo que sea correcto. Al virus sí podríamos despellejarlo. Y hay muchas razones que nos han llevado al desastre. Por eso me apetecía despedirle con un gesto amable. Para eso tenemos la palabra y nuestra opinión.
Un abrazo Auri.
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