Fue en aquel bar en el que acostumbrábamos a reunirnos, dónde noté que el miedo se asomaba a los ojos de mi amiga y sus esperanzas ya desgastadas rodaban por el suelo. Me confió un secreto. Según ella tenía cáncer. Algo que llevaba un tiempo sospechando y conforme pasaban los días se había auto convencido. Me lo dijo mientras su mirada se enturbiaba con las lágrimas. Si no —me aclaró— por qué del martilleo en las sienes y aquel dolor localizado en el mismo punto de la cabeza en la raíz del pelo. Me quede un poco sorprendida y preocupada.
—Deberías ir a que te vieran antes de hacerte mala sangre —le
aconsejé.
—Sí. Ya tengo hora concertada para mañana mismo.
—Iré contigo, —añadí. Otras veces lo había hecho.
—No. No es necesario. Esta vez iré sola. Te lo agradezco.
—Usó un tono desconcertante que invitaba a no seguir insistiendo. No entendía
por qué ese rechazo a que la acompañara y no me quedé tranquila. La vi en extremo
nerviosa.
Al día siguiente, como ya me anticipó, Inés se dirigía hacia
el coche. Abrió la puerta y sentada frente al volante, vi cómo comprobaba algo
en el panel de funciones. Arrancó y tras breves segundos de haberlo hecho,
arranqué yo también. La seguí procurando que no se diera cuenta. Vi cómo
aminoraba en el semáforo y dejé pasar varios coches para que pusieran distancia
entre los nuestros y ambas activamos el interruptor antes de llegar al semáforo
y nos colocamos en el carril de la derecha muy concurrido por ser el que conectaba
con la autopista. Después de rodar los primeros kilómetros Inés acostumbraba a tomar
una carretera secundaria dónde se podía circular a una velocidad más relajada.
Un paisaje agreste a ambos lados flanqueaba esta carretera. Le gustaba ir con
la ventanilla abierta y el aire revolviéndole el pelo y acariciándole la cara.
Un ritual que repetía y que compartíamos cuando, otras veces, me permitió
acompañarla.
La seguía desde cierta distancia. Al llegar a la ciudad
observé como entraba en el Hospital Clínico, se la veía preocupada, no había
más que mirar su cara. Permaneció allí dentro bastante tiempo. Ya me estaba
impacientando cuando la vi salir y le había cambiado el semblante. Caminaba
hacia el coche y una sonrisa de oreja a oreja daba a entender que, allí dentro,
le habían disipado sus sospechas. Me alegré por ella. Su actitud me hacía
pensar que el diagnóstico había sido de lo más favorable. Nunca quise pensar que
mi amiga fuera hipocondriaca, pero en estos últimos tiempos me lo planteaba. Mientras
Inés permaneció dentro del centro de salud, aproveché el tiempo hablando por móvil
con mi pareja. José Luis era lo mejor que me había pasado. Muy atento; me
ofrecía ramos de flores inesperados que ocultaba con estrategia tras él hasta
llegar hasta mí y sorprenderme. Y en las celebraciones de aniversario me
obsequiaba con una joya. Estaba segura de qué había hecho la mejor decisión que
tomé fue formar pareja con él. No me podía quejar. También en cuanto a la
amistad me sentía afortunada. Inés tenía sus rarezas, pero… ¿Quién no las
tenía?
Ya de vuelta retomamos la mencionada carretera y yo
continuaba manteniéndome un tanto alejada. Hasta ahí todo fue bien, pero Inés,
lejos de dirigirse a la salida que permitía enlazar con la autopista como era
de esperar, tomó un camino de tierra. No entendía este cambio de ruta, pero aun
así continué tras ella. El camino se estrechaba más y más mientras los matojos
hacían estragos en la carrocería de los dos coches. De esta guisa avanzábamos
hasta entrar unos cincuenta metros. La seguía sin parar de preguntarme donde
debía ir. Mientras el camino se ensanchaba y acabó desembocando en una pequeña
explanada que hacía de aparcamiento delante de una única casa en plena naturaleza.
Paré y permanecí en la recta final del sendero que
desembocaba en el claro. Inés detuvo el coche y se arregló el pelo con los
dedos mirándose en el espejo delantero y pellizcándose la cara a la altura de
los pómulos. Aquello iba tomando el cariz de una cita amorosa, sino por qué
tanto atusarse. Y así fue. Allí la esperaba un hombre que la recibió efusivo besándola
y abrazándola, mientras yo, fuera del coche luchaba contra un brote de rabia y
una lágrima se deslizaba por mi mejilla y encontraba su final entre mis labios.
Un hombre… José Luis. El mismo que me juró que me amaba más que a nadie…. Y
allí estaban los dos haciéndome trizas el corazón sin pizca de remordimientos.
Jugando a demoler los significados que definen amistad y amor. Y en aquel mismo
instante los odié con todas mis fuerzas. Viéndolos comprendí que no era solo el
sendero el que reptaba. Me golpeó el dolor y la decepción, esos sentimientos a
los que ya nunca me podría sustraer porque iban, a partir de aquel momento, a
marcar una alerta en mi vida. Y me enseñarían a desconfiar, porque confiar, lo
que se dice confiar…, era algo que había puesto en práctica toda mi vida. Y en
este momento no dejaba de hacerme preguntas ¿en qué momento comenzaron a
mentirme? Y sobre todo ¿Cómo no me di cuenta de su traición? Quizá fuera porque
para eso había que atar cabos, algo que a la vista estaba, no se me daba nada bien.
Auri

2 comentarios:
Hoy nos levantamos con un desengaño amoroso. La ficción es algo que se utiliza mucho. Pero, cuantas personas no habrán sufrido algo semejante. Porque es bien cierto, que la realidad siempre supera a la ficción. Para nosotros, es una forma de vivir, contar historias, escribir poemas, que no son más que pequeñas historias. Es una forma de vivir que a mí me parece fantástica.
Ésta muy aleccionadora.
Buen relato Auri.
Gracias María, tú como buena escritora entiendes como funciona inspirarse en la ficción que no está reñida con la realidad.
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