jueves, 14 de mayo de 2020

UNA SILLA BAJITA...

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 Debo tener entre cinco y siete años, pero las imágenes de aquellos días se mantienen en mi memoria, como un retrato que se cuelga en la pared y puedes mirarlo cuando quieras. En casa, además de mis padres estábamos mi hermano Casimiro y yo, ya que Pedro, mi hermano pequeño, no debía estar todavía ni en el pensamiento. Ya que llegó a una edad, que todos decían, eso es un descuido. Pero el descuido llegó, y tan guapo, que todo el barrio estaba enamorado de aquel niño travieso que robaba el corazón a todos.

Esta es mi casa: bajando cuatro escalones encontramos un comedor, a la derecha, la entrada a dos dormitorios y en medio una alacena pintada de verde. Al fondo, una mesa y algunas sillas. A la izquierda, otra puerta da acceso a la cocina que sirve para todo, cálida y acogedora que ostenta todo el calor y el afecto, la amistad y la complicidad.
Entrando a mano derecha encontramos la habitación de mi hermano Casimiro, a escasos metros se sitúa una despensa, un espacio algo reducido, pero que alberga con dignidad ollas, sartenes y toda suerte de utensilios. A la izquierda, unas cantareras que acogen cuatro cántaros de barro y enfrente, según se entra a la cocina, la reina del recinto, una chimenea que chisporrotea y con lenguas de fuego, nos habla y nos acaricia en su calidez desprendiendo armonía. Arriba en el techo, simplemente una bombilla, pero que facilita en la noche que las palabras escapen de un libro, cobren vida y bailen serpenteando al ritmo de las chispas que emiten las brasas.

En el centro, una mesa camilla, y sentados ante el brasero, príncipe heredero de las ascuas de la reina, se sientan en sillas de enea: mi primo Casimiro, Tito, también familiar cercano, mi padre y mi madre, que lee con fluidez una novela titulada, “Don Juan Tenorio”.
En un rincón, una única silla bajita se disputa el cariño de mi hermano y el mío. Él tiene cuatro años más que yo y pretende educarme llevando siempre la razón. La mayor parte de los conflictos vienen siempre por la silla, ya que quien llega el segundo se queda de pie.
Yo tengo por costumbre moverme mucho, y aún sin querer meto ruido, con lo cual me gano las broncas de todos, ya que los mayores quieren estar rodeados de silencio, para sumergirse de lleno, en las historias que bailan al resplandor rojizo y cálido de la chimenea.
Aquel día, sin embargo, yo estoy seria y ni siquiera me he interesado por la silla.
Mi hermano, en cambio, se acomoda en el asiento y mira con cara de triunfo.
Van pasando los minutos y tanta calma perece extraña. Mi hermano se percata que algo grave me pasa y compadecido dice.
“Anda, siéntate un poco en la silla”
“Da lo mismo, estoy bien”.
Pero él me conoce y sabe que lo que digo no lo siento.
Los mayores están enfrascados en no sé qué de un balcón y de una Doña Inés. Casimiro se acerca a mi oído y dice:
“A ti te pasa algo”. Muevo la cabeza negativamente con pesar. “Tengo un dilema, hay algo en mi cabeza que no me deja tranquila, quisiera contarlo, pero por otro lado, quisiera guardad el secreto en un baúl pequeño, cerrarlo con llave y no rescatar nunca el recuerdo. No sé qué cara debo tener, pero él presiente algo muy gordo y no está dispuesto a perderse el misterio. Me coge de la mano y tira de mí hasta su habitación. Mientras, los otros disfrutan indiferentes entregados al relato.
“Venga, cuéntame que te pasa”, dice mi hermano sentándome sin miramientos en la cama.
“Si no es nada”
“Venga ya, no te hagas la tonta…, si no me lo cuentas, no tendrás la silla en toda tu vida.
Respiro hondo y siento el deseo de liberarme.
“Sabes, digo al fin, ayer con la Loli, La M. Jesús y la Anilla cazamos un mochuelo, le retorcimos el cuello, y luego hicimos una matanza como si fuera un cerdo”.
Él me mira con cara rara y al final, como si me perdonara la vida, dice “¿Eso es todo?, eso no es tan grave”.
“Pero es que hay otra cosa”.
“Pues suéltalo ya”.
“Es una rana, bueno, no sé si rana o sapo…”
“¿Y qué?
“Que le metimos un palo por la boca y le salió por el culo”
“Bueno, ¿pero quién lo hizo?
“Fui yo”
Él pensó unos minutos, para luego decir: “Pensaba que era algo más gordo, atontá, ellos ni se habrán enterado”.
“¿De verdad crees que no es tan grave?”
Cosas como esa pasan todos los días y la gente no le da vueltas”.
Mi conciencia se siente algo aliviada de ese peso, era un remordimiento que me había tenido horas despierta. No hacer daño a ningún ser vivo, es algo que sabemos que no se debe hacer, pero además, los sermones del cura el domingo, me encerraban en esa antesala del infierno, en el que seguro que acabaría. Cuando descargas tu conciencia, cuando alguien te dice que no es tan grave, puedes sentir un alivio en segundos y recobrar las ganas de vivir. Miramos entonces los dos a la vez la silla, y como empujados por un resorte, corremos hacia el asiento, tropezando y haciendo el ruido tan familiar y cotidiano.
Y todos dicen: “¿Ya estáis otra vez?”

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Qué tiempos aquellos. Casi me gustan más que la vida que vivimos.

Auri dijo...

Ese tipo de travesuras que después nos han pesado las hemos hecho todos y no era por crueldad sino porque entonces no nos parecían tan duras después hemos tenido una vida para arrepentirnos y cultivar el amor a los animales. Yo la silla pequeña la disfruté hasta la artura sin hermanos que me la disputaran hasta los once años. Y es que todo tiene un precio. Por un momento me he visto en la casa, con tu familia, escuchando el Tenorio. Porque lo has hecho bonito y tan real que me lo he creído.

Maria Naranjo dijo...

Es la pura verdad Auri.