Qué inmensa soledad
este desierto de
melancolía,
sus tórridas arenas
desangrándose.
Que no escucharemos,
madre, la dulzura
de nuestros nombres
por tus labios;
que no tengamos tus
caricias
arrebatando miedos
en las noches sin luna,
ni el consuelo
adecuado
en situaciones
tormentosas
de imposible
rescate.
Porque estás y no
estás
en tu lecho de espera
que vamos vigilando;
y, a intervalos de
angustia,
extraños son tus
hijos para ti.
Belleza antigua
sigues siendo, que aún
conserva la tersura
en delicada piel,
y esa fragancia de
lo inmarcesible
que el azote del
tiempo
socaba inútilmente.
Tu vida es ya
murmullo de río amortecido
que fue torrente un
día
(con aluviones
trágicos)
y en sus aguas
bañamos nuestros sueños.
Cuando te
preguntamos quiénes somos,
con atención nos
miras
y te esfuerzas...,
y nos sigues mirando;
qué tristeza
derramas con gesto resignado,
como de honda
disculpa
por no reconocernos.
Tu llama va apagándose lentamente;
mas cuando te
besamos
(aun medio dormida)
qué pronto nos
respondes con tu amor
y devuelves, con
creces, los besos recibidos.
Lección
indescriptible de sencillez inédita.
cada noche de vuelos
desvelados,
estos versos también
acudirán a ti,
a tu cansado sueño,
salvando los obstáculos
distantes
y serán brisa fresca
en la monotonía de
tus días clonados.
Y acariciamos,
todavía,
la esperanza
de un intervalo
lúcido,
en el postrer
momento
de las horas
prestadas.
Será tu despedida
amable,
entonces,
tierna alegría azul,
como canto de
alondra que viaja al infinito.
Francisco Quintana

1 comentario:
El sentimiento hacia una madre, se desvela auténtico en este poema de Francisco Quintana. Un poeta en verdad auténtico que sabe manejar las palabras, llamar a cada cosa por su nombre. Más que la belleza, sus versos buscan la autenticidad, las historias que circulan en este, nuestro valle, que a veces es de lágrimas.
Felicidades, y gracias por un mundo de cosas.
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