viernes, 11 de septiembre de 2020

MI DOBLE Y YO... DE AURELIA GARCÍA...

                                                         Otra versión de la historia

                                                         istochphto.com 

La vi un domingo de paseo por la avenida. Nos miramos el poco tiempo que nos dejó el

caminar en sentido contrario. Se parecía mucho a mí. No giré la cara y no sé si ella lo hizo.

También nos parecíamos en lo discretas. Después tuvimos muchos encuentros. Viviendo en el

mismo barrio no podía ser de otra manera. Menuda, bajita, delgada como yo era entonces y con

un extraordinario parecido entre las dos. La cara, los ojos, eran mi viva estampa. El pelo rubio, 

melena corta y lisa. Sus gestos, los pasos cortos, los pies pequeños. Era como estar delante de un espejo.

Siempre sonreía y al caminar erguía la cabeza igual que hacía yo. No hablábamos. Nos 

limitábamos a saludarnos con un ligero movimiento de cabeza. No sabía lo que pensaba de mí.

Yo me preguntaba intrigada si ella veía el parecido que existía entre nosotras o si había preferido

ignorarlo.

A medida que nuestros encuentros se multiplicaban yo descubría nuevas actitudes afines a las

mías. Le gustaba vestir las faldas como a mí, de cuadros amplios que se llevaban en aquellos

tiempos y las blusas blancas en verano. Coincidíamos en el mismo cine, claro que entonces no

contábamos con demasiadas salas. En verano nos encontrábamos en el baile al aire libre y en

invierno en los salones cerrados que eran habituales a la juventud y, lo que fue peor, le gustaban

los mismos chicos que me atraían a mí. Y claro, hasta ahí podíamos llegar. Competir con las

demás chicas era normal, pero competir con una copia de ti, eso era el no va más. Y pasó lo que

yo no quería que pasara, que consiguió atraer al único chico que a mí me gustaba.

Ya no me resultaba nada divertido que nos pareciésemos y que nos fuésemos encontrando por

todas partes. Pasamos de miradas discretas a otras más directas y taladrantes, las que se

dedican a rivales que compiten en aquello que tu anhelas. La guerra estaba declarada. Me

convencí a mí misma que no era para tanto el parecido, que incluso era de talla más baja que yo.

Que no sabía qué había visto el chico en ella, —tampoco es que el chico bebiera los vientos por

ella, no se le veía demasiados gestos afectivos— pero cómo quiera que fuese, estaba siempre a

su lado y no me daba cuenta de que, al subestimarla en su físico, también me subestimaba.

Así que con la mecha encendida fue creciendo el antagonismo entre nosotras. No tardó en

explotar el conflicto y un día que nos desplazamos en grupo a una fiesta en el centro y ante las

puyas que nos dedicamos por el camino, —ninguna de las dos quería quedar por debajo de la

otra—, creció la tensión hasta liarnos a tortas. Lo que más rabia me dio fue que el chico, aunque

nos separaba, su intención era clara, se le notaba que estaba de su parte.

¡Que curiosa es la vida! Al final no fue ni para ella ni para mí ni para nadie. Este chico de clase

media que acaparaba las miradas de las chicas con su sonrisa amable y bonachona, en una visita

a un monasterio muy importante de la zona sintió la “llamada” y al poco ingresaba dejando a su

familia consternada, a su medio novia compuesta y a mi asombrada. Después de tres años de

decepción como novicio, (su estancia no fue lo que se esperaba) desesperado, utilizó la montaña

como trampolín y se estrelló a unos cientos de metros, porque aquella frase bíblica de, «déjate

caer que los ángeles te recogerán» no funcionó con él.

El ingreso de Lucas nos dejó a todo el mundo descolocados, pero su suicidio aún más si cabe.

En el barrio se filtró que la “llamada” que llevó a Lucas a tomar los hábitos, no fue precisamente

divina. Fue de lo más terrenal. La chispa que saltó ante un contemporáneo que le hizo de anfitrión

aquel día, enseñándole las dependencias, refiriéndole las bonanzas y milagros de estar al servicio

de Dios, y Lucas vio a Dios en sus ojos y se quedó prendado.

No sé cuándo mi doble marchó del barrio, pero debió ser después de todos aquellos

acontecimientos y por consiguiente perdí su rastro. Tampoco sé si con otro chico tuvo después

mejor suerte. A veces siento esa curiosidad morbosa de saber cómo le ha ido en todos estos


años. Y no es que me queje de cómo me ha ido a mí. A pesar de que no me fue bien en pareja te

compensa mirar a tus hijos y pensar que solo por esto valió la pena. He dedicado mi vida a hacer

cosas que me atraen y esto me aporta ilusión. Y me pregunto si ella habrá hecho lo mismo. Con el tiempo y una caña he conseguido recordarla sin rencor. He deseado que ella se haya movido

en círculos parecidos, y también que al igual que yo, haya aprendido un par de cosas: La primera

tener mejor ojo para los chicos, porque pueden tener en mente otra perspectiva —yo también me

lo apunto— y la segunda y más importante, sopesar si realmente vale la pena pelearse con

alguien por nadie.

Espero que mi doble siga compartiendo desde la distancia no tan solo el parecido conmigo,

también los gustos por las mismas cosas. Si la tuviera delante de mí, no dudaría en pedirle

perdón por mi parte de culpa que sin duda he tenido, e iniciar una amistad sincera, una amistad

sin roces.


Auri.

3 comentarios:

Maria Naranjo dijo...

Hoy Auri, nos cuenta una historia, curiosa e interesante.
realmente curiosa.

Maria Naranjo dijo...

Realmente curiosa.

Auri dijo...

Una historia de verdades exageradas. Gracias María por publicarla.