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La vi un domingo de paseo por la avenida. Nos miramos el poco tiempo que nos dejó el
caminar en sentido contrario. Se parecía mucho a mí. No giré la cara y no sé si ella lo hizo.
También nos parecíamos en lo discretas. Después tuvimos muchos encuentros. Viviendo en el
mismo barrio no podía ser de otra manera. Menuda, bajita, delgada como yo era entonces y con
un extraordinario parecido entre las dos. La cara, los ojos, eran mi viva estampa. El pelo rubio,
melena corta y lisa. Sus gestos, los pasos cortos, los pies pequeños. Era como estar delante de un espejo.
Siempre sonreía y al caminar erguía la cabeza igual que hacía yo. No hablábamos. Nos
limitábamos a saludarnos con un ligero movimiento de cabeza. No sabía lo que pensaba de mí.
Yo me preguntaba intrigada si ella veía el parecido que existía entre nosotras o si había preferido
ignorarlo.
A medida que nuestros encuentros se multiplicaban yo descubría nuevas actitudes afines a las
mías. Le gustaba vestir las faldas como a mí, de cuadros amplios que se llevaban en aquellos
tiempos y las blusas blancas en verano. Coincidíamos en el mismo cine, claro que entonces no
contábamos con demasiadas salas. En verano nos encontrábamos en el baile al aire libre y en
invierno en los salones cerrados que eran habituales a la juventud y, lo que fue peor, le gustaban
los mismos chicos que me atraían a mí. Y claro, hasta ahí podíamos llegar. Competir con las
demás chicas era normal, pero competir con una copia de ti, eso era el no va más. Y pasó lo que
yo no quería que pasara, que consiguió atraer al único chico que a mí me gustaba.
Ya no me resultaba nada divertido que nos pareciésemos y que nos fuésemos encontrando por
todas partes. Pasamos de miradas discretas a otras más directas y taladrantes, las que se
dedican a rivales que compiten en aquello que tu anhelas. La guerra estaba declarada. Me
convencí a mí misma que no era para tanto el parecido, que incluso era de talla más baja que yo.
Que no sabía qué había visto el chico en ella, —tampoco es que el chico bebiera los vientos por
ella, no se le veía demasiados gestos afectivos— pero cómo quiera que fuese, estaba siempre a
su lado y no me daba cuenta de que, al subestimarla en su físico, también me subestimaba.
Así que con la mecha encendida fue creciendo el antagonismo entre nosotras. No tardó en
explotar el conflicto y un día que nos desplazamos en grupo a una fiesta en el centro y ante las
puyas que nos dedicamos por el camino, —ninguna de las dos quería quedar por debajo de la
otra—, creció la tensión hasta liarnos a tortas. Lo que más rabia me dio fue que el chico, aunque
nos separaba, su intención era clara, se le notaba que estaba de su parte.
¡Que curiosa es la vida! Al final no fue ni para ella ni para mí ni para nadie. Este chico de clase
media que acaparaba las miradas de las chicas con su sonrisa amable y bonachona, en una visita
a un monasterio muy importante de la zona sintió la “llamada” y al poco ingresaba dejando a su
familia consternada, a su medio novia compuesta y a mi asombrada. Después de tres años de
decepción como novicio, (su estancia no fue lo que se esperaba) desesperado, utilizó la montaña
como trampolín y se estrelló a unos cientos de metros, porque aquella frase bíblica de, «déjate
caer que los ángeles te recogerán» no funcionó con él.
El ingreso de Lucas nos dejó a todo el mundo descolocados, pero su suicidio aún más si cabe.
En el barrio se filtró que la “llamada” que llevó a Lucas a tomar los hábitos, no fue precisamente
divina. Fue de lo más terrenal. La chispa que saltó ante un contemporáneo que le hizo de anfitrión
aquel día, enseñándole las dependencias, refiriéndole las bonanzas y milagros de estar al servicio
de Dios, y Lucas vio a Dios en sus ojos y se quedó prendado.
No sé cuándo mi doble marchó del barrio, pero debió ser después de todos aquellos
acontecimientos y por consiguiente perdí su rastro. Tampoco sé si con otro chico tuvo después
mejor suerte. A veces siento esa curiosidad morbosa de saber cómo le ha ido en todos estos
años. Y no es que me queje de cómo me ha ido a mí. A pesar de que no me fue bien en pareja te
compensa mirar a tus hijos y pensar que solo por esto valió la pena. He dedicado mi vida a hacer
cosas que me atraen y esto me aporta ilusión. Y me pregunto si ella habrá hecho lo mismo. Con el tiempo y una caña he conseguido recordarla sin rencor. He deseado que ella se haya movido
en círculos parecidos, y también que al igual que yo, haya aprendido un par de cosas: La primera
tener mejor ojo para los chicos, porque pueden tener en mente otra perspectiva —yo también me
lo apunto— y la segunda y más importante, sopesar si realmente vale la pena pelearse con
alguien por nadie.
Espero que mi doble siga compartiendo desde la distancia no tan solo el parecido conmigo,
también los gustos por las mismas cosas. Si la tuviera delante de mí, no dudaría en pedirle
perdón por mi parte de culpa que sin duda he tenido, e iniciar una amistad sincera, una amistad
sin roces.
Auri.

3 comentarios:
Hoy Auri, nos cuenta una historia, curiosa e interesante.
realmente curiosa.
Realmente curiosa.
Una historia de verdades exageradas. Gracias María por publicarla.
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