Al llegar a casa después de un viaje de estudios, me doy cuenta de que
en el aeropuerto me han cambiado la maleta. La estancia fue una
experiencia agradable. Visité lugares extraordinarios que se han quedado
para el recuerdo. Pero al intentar abrir la maleta observo que no entran
las llaves. La miro y está claro. Aquella, aunque muy parecida no es mi
maleta. «¿Y ahora qué?» —me digo.
En conclusión, si quería encontrar alguna pista de los dueños tenía que
forzar la cerradura. Dentro de la maleta encontré ropa exclusiva de
hombre. Por cierto, alabé el buen gusto y acierto para elegir la
indumentaria. Aspirando el olor a perfume caro que se desprendía del
interior, registre bolsillos con la esperanza de hallar algún teléfono o
dirección. Se me hacía raro indagar de esa manera en sus ropas, cuando
no lo hice nunca con mi antigua pareja. Sentía la culpa de quién estaba
vulnerando la intimidad de un extraño.
Este hecho nos colocaba en situación de proximidad. De pronto
sabíamos detalles el uno del otro. Detalles íntimos como gustos; cremas,
pasta de dientes o el perfume favorito. Tallas y hasta marca de
calzoncillos. Por suerte también encontré un teléfono y unos documentos
Era casi seguro que esa persona hubiese optado como hice yo, por abrir
la maleta, y en ese mismo momento estaría mirando si encontraba alguna
pista, registrar entre mis cosas y oler mi perfume. Me lo imaginaba con
mis prendas íntimas en sus dedos. Un ligero rubor encendió mi cara y una
oleada de pudor sacudió todo mi ser. «¡Qué tonta! —pensé— ¿Acaso no
estaba yo haciendo lo mismo que él?
Era tarde. Lo llamaría al día siguiente. Confieso que este hecho alteró
esa noche mi sueño. Por la mañana esperé a que fuera una hora prudente
y le llamé:
—Sí, sí, —dijo una voz—. Soy José Díaz. Me imagino que debo su llamada
por el error de las maletas. No sabía cómo llamarla. No he encontrado
nada.
—Yo tuve más suerte. Encontré una tarjeta de lo contrario no sé que
hubiésemos podido hacer. —Dije nerviosa, queriendo apartar de mi mente
la imagen de mis prendas íntimas en las manos de mi interlocutor.
— ¿Cómo hacemos para el cambio?
¿Es usted de Madrid? —Le pregunté.
—Sí. Si quiere podemos quedar… —se quedó pensando—, por ejemplo, en
el retiro o algún lugar que sea conocido.
—Perfecto. El retiro está bien —confirmé.
El encuentro obligado fue el principio de una bella historia. No todas las
parejas pudieron conocerse a través de sus pertenencias, antes de
haberse echado el ojo encima.
Auri.

2 comentarios:
Las historias que nos cuenta Auri son muy entretenidas. Y casi siempre terminan bien, que es una cosa muy gratificante.
Y aquí quedamos, a la espera de una nueva historia.
Gracias a este pequeño rincón que me guardas en tu blog para mis escritos. Hasta una próxima ocasión.
Publicar un comentario